No le tema a la inflación, aprovéchela.

Los analistas privados dicen que los precios en Argentina están subiendo a un ritmo del 25 al 30 por ciento. Por ende, hacer negocios puede ser una propuesta riesgosa ¿no?

No necesariamente, acotan empresarios grandes y pequeños por igual.

“No le tema a la inflación, aprovéchela”, sugiere Alexander Hotz, director financiero para América Central y del Sur de Kuehne + Nagel, una empresa internacional marítima y de logística con 63.000 empleados e ingresos superiores a los US$20.000 millones.

–¿Cómo dice?

–Trabajar con inflación en muy simple: sólo aumente sus precios más rápido que lo que suben sus costos”, le dijo a Latin Trade.

En la otra punta del espectro de negocios,  Ricardo Friedenthal, socio gerente de Laboratorios Gaudium, un fabricante de instrumental descartable para uso medicinal con solo 10 empleados, tiene una visión similar. “Manejar una empresa es como bailar el vals”, razona. “Si los precios se disparan, es como si la banda de pronto pasa de tocar el vals a tocar un rock-and-roll. Primero te sorprende, pero al rato todos se empiezan a acomodar al ritmo y siguen bailando. Mientras te muevas al mismo paso que se mueven todos, ni te vas a dar cuenta que algo cambió”.

Suben los precios en Buenos Aires • Foto: Simon Chavez/picture alliance/dpa/picture/Newscom

Contrariamente a la sabiduría popular, Hotz insiste en que la inflación puede crear oportunidades de negocios. Para empezar, cuando los precios se convierten en un blanco móvil, los consumidores pierden la noción de lo que puede ser un precio razonable, lo que les da a los empresarios sagaces más espacio para, digamos, aumentar los precios más rápido de lo que suben los costos.

“Este es un país marcado por la inflación, por lo que el mercado no se preocupa por los precios, sino por la disponibilidad. Aquí la que manda es la disponibilidad de productos, y los precios son un simple elemento subordinado”, dice. Además, con los pesos diluyéndose en sus bolsillos, la gente corre a comprar productos de consumo. Una vez que está en ese estado mental, “está dispuesta a pagar el doble para, por lo menos, poder ahorrar algo”.

Súmele a este escenario las restricciones a las importaciones, como las que impuso hace unos meses el gobierno en un desesperado intento por frenar la fuga de dólares, y el resultado es un mercado ávido en el que quien dispone de productos para ofrecer puede hacer muy buenas ganancias, desliza Hotz.

Y en momentos en que sobrevuela ominosa la estanflación, los costos laborales también se contraen. “Ahora que la economía no está creciendo, el mercado laboral tiende a valorar más la conservación del empleo que los ajustes que le permitan mantenerse al día con el alza inflacionaria”.

Duro, puede parecer, pero en palabras de Hotz: “Si uno no puede cambiar las reglas, entonces tiene que adaptarse al juego”.

Otro consejo: “Asegúrese de no tener deudas… Las deudas lo matan a uno, especialmente si están en divisa fuerte”.

Friedenthal rememora la caótica situación del 2002 cuando los precios escalaron un 41 por ciento y toda la economía tuvo una implosión.  Ese era un ambiente aún más hostil, dice. En aquel entonces, él manejaba una operación similar en otro laboratorio y solía pasarse las mañanas enteras recorriendo financieras en las que le cambiaban los cheques por efectivo, restándole una buena tajada.

El porcentaje del descuento dependía de varios factores, pero un 30 e incluso un 40 por ciento no era raro. De ahí salía corriendo para el banco a cubrir vencimientos de corto plazo y de vuelta al laboratorio, donde la mayor parte de la operación se manejaba en pesos.

En tiempos normales, se depositan los salarios de los empleados mensualmente en una cuenta bancaria; en aquel entonces, la empresa les pagaba semanalmente en efectivo. “Era una locura”, recuerda Friedenthal.

No obstante, su negocio prosperó.

¿Cómo es posible?

El empresario vuelve a su metáfora del vals y el rock-and-roll en la que todo el mundo terminaba siguiendo el ritmo. “Todos sabemos que este es un país con tendencia a la inflación. Todo sube: la electricidad, los combustibles, el transporte, el flete, el embalaje, los costos laborales, los insumos, lo que se te ocurra. En ese contexto, todos están esperando que uno también suba los precios”.

Además, Argentina, como otros países latinoamericanos, tienen una prolongada historia de escalada de precios con lo cual se ha convertido en un fenómeno familiar, dijo. Y la volatilidad de los precios da muchas posibilidades de corrección. ¿No los subió lo suficiente esta vez? Ningún problema, acota Friedenthal. Habrá una nueva oportunidad en pocos días.

Otra forma de proteger el negocio es acumulando mercadería a granel. Tener a mano gran cantidad de insumos ya sea para la producción o para embalaje ayuda a preservar el capital. Además, si se compra al mayoreo siempre se obtienen descuentos, indica.

 

El gobierno no lo asume

Pero esta vez existe un componente adicional: el gobierno niega la situación y las estadísticas oficiales muestran una inflación de apenas el 10 por ciento.

Esto agrega un problema extra a algunos sectores, especialmente en la agricultura, donde los productores están atados a mercados de futuros, planificación anual de cosechas y otros factores que los obligan a pensar en el largo plazo, dice Alfredo Rodes, director ejecutivo de CARBAP, una entidad que reúne a más de 34.000 agricultores, hacendados y tamberos en la fértil región de la pampa húmeda argentina.

La producción de alimentos, al igual que las importaciones y las exportaciones, es un sector en general altamente regulado, lo que significa que los productores se ven obligados a usar en sus operaciones la tasa de inflación oficial y también la tasa de cambio fijada por el gobierno. Ambas difieren drásticamente de las de mercado.

El gobierno aplicó multas a consultoras privadas que emitían sus propias estadísticas de inflación. El tema es tan delicado que alrededor de una decena de productores de distintos sectores se negaron a hablar sobre estas discrepancias con Latin Trade.  Pero Rodes, al igual que  Hotz y Friedenthal, sostiene su posición. “La inflación es negada por el gobierno”, protesta.

Los precios internos de los productores de alimentos son monitoreados y regulados con números manipulados, dijo. Esto significa que el incremento de costos tiene que ser absorbido por los productores. Quienes siembran soja o maíz para exportar tienen el respaldo de los elevados precios internacionales que contribuyen a amortiguar el impacto.

Pero los productores de carne, trigo y productos lácteos no tienen esa ventaja, agregó. Por un lado, los precios internacionales no están tan sólidos en estos momentos. Por el otro, las autoridades mantienen controles sobre los precios internos de productos básicos como el pan, la carne, la leche y el queso.

“¿Cómo podemos planear inversiones futuras cuando sabemos que la inflación se llevará una buena parte de nuestros márgenes de ganancias?”, se pregunta Rodes. “Creo que estamos en serios problemas”.

Informó David Haskel desde Buenos Aires.

 

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